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la autopista Harbor hacia el sur, a su paso por el
centro, puede ser sencillamente
increíble.

el viernes pasado por la noche estaba
parado detrás de un muro de luces rojas.
ni siquiera se podía circular en primera,
y el constante humear de los tubos de escape
enturbiaba el aire nocturno. los motores estaban re-
calentados
y me llegaba el olor de un embrague
quemándose
en alguna parte.
parecía venir de delante,
de aquella larga y tediosa cuesta de la autopista en la que
los coches pasaban
de primera a punto muerto
una y otra vez
y de punto muerto de nuevo a
primera.

oí las noticias del día
por la radio
al menos 6 veces: estaba
muy versado en asuntos
internacionales.
las demás cadenas emitían una
música tenue y enfermiza.
las de clásica se resistían a que las sintonizara con
claridad
y cuando lo lograba
eran una cansina repetición de piezas habituales
y pesadas.

apagué la radio.
extrañamente, la cabeza me empezó a dar
vueltas: empezaban en la frente, avanzaban
en el sentido de las manecillas del reloj, rodeaban las orejas y
la nuca, llegaban a
la frente
y vuelta a empezar.
empecé a preguntarme: ¿será que me
estoy volviendo
loco?

pensé en bajarme del coche.
estaba, supuestamente, en el carril
rápido.
me veía allí fuera
fuera del coche
apoyado en la medianera de la autopista,
con los brazos cruzados.
luego iría resbalando hasta quedar
sentado y escondería la cabeza entre
las piernas.

me quedé en el coche, me mordí la lengua, volví
a encender la radio y deseé intensamente que se me pasara
el mareo.
me preguntaba si alguien más estaría
luchando contra lo que
le oprimía,
como yo.

entonces el coche de delante
SE MOVIÓ
un pie, 2 pies, ¡3 pies!

metí primera…
¡nos MOVÍAMOS!
volví a punto muerto
PERO
nos habíamos movido de 7 a
diez pies.

oí las noticias del mundo por
7ª vez
y todo seguía igual de mal,
pero todos las escuchábamos
y nos resultaban soportables
porque sabíamos
que no había nada peor que
mirar
la misma matrícula
la misma cabeza idiota asomando
por encima del reposacabezas
del coche de delante
mientras el tiempo se disolvía
y el indicador de la temperatura marcaba
a la derecha
y el indicador de la gasolina marcaba
a la izquierda
y nos preguntábamos
de quién coño sería el embrague que se estaba
quemando.

éramos como un último, enorme
y definitivo dinosaurio
que, arrastrándose débilmente, volviera a casa, en algún lugar,
de algún modo, acaso
para
morir.

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