Los perros y los ángeles no andan
muy lejos.
suelo ir a un garito*
a comer
hacia las 2.30 de la tarde
porque toda la gente que come
allí está cuerda por completo,
alegre sencillamente de estar viva y
comiendo
lo que sea que coman
cerca de un ventanal
que da la bienvenida al sol
pero no deja que entren los coches
ni las aceras.

enfrente hay un bar topless
chino
que ya está abierto a las 2.30 de
la tarde.
está pintado de un inane* e inerme
azul.

se nos permite tomar tanto café
como podamos beber
y todos nos sentamos y bebemos en silencio
el café solo e intenso.

se está bien sentado en algún lugar
en público a las 2.30 de la tarde
sin que te arranquen la piel de
los huesos.

nadie nos molesta.
no molestamos a nadie.

los ángeles y los perros no andan
muy lejos
a las 2.30 de la tarde.

tengo mi mesa preferida
junto al ventanal
y después de acabar
apilo los platos, platillos,
la taza, los cubiertos, etc.
pulcramente
en un cómodo montoncillo
–mi ofrenda a la
camarera entrada en años–
comida y tiempo
incólumes,*
y ese cabrón de sol
ahí fuera
afanándose a base de bien
arriba y
abajo.

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