Despertar esas mañanas en la celda para borrachos,
el labio inferior partido, dientes flojos, el cerebro anegado
de
una cacofonía que no era tuya, con
todos esos desconocidos cubiertos de harapos, ruidosos
ahora en su sueño demente, sin otra
compañía que un retrete sin asiento,
un suelo frío y duro
y una ley
ajena.

y siempre había una voz madrugadora, un vozarrón:
¡DESAYUNO!

por lo general no lo querías
pero si lo querías,
antes de poder aclararte las ideas
y ponerte de pie
la puerta de la celda se cerraba
de golpe.

ahora cada mañana es como un lento sueño
satisfecho. busco las zapatillas, me las pongo,
hago lo del baño, luego bajo las
escaleras entre un remolino de cuerpos peludos, soy
el que da de comer, el dios, limpio los cuencos de los
gatos, abro
las latas y les hablo y se entusiasman y
profieren sus ruidillos ansiosos.
pongo los cuencos conforme cada gato se acerca a
su propio cuenco, luego vuelvo a llenar el bebedero
y los veo a los cinco comer
en paz.

regreso escaleras arriba al dormitorio
donde mi mujer sigue dormida, me meto bajo
las mantas con ella, le doy la espalda al sol
y no tardo en volverme a dormir.
hay que morir unas cuantas veces antes de poder
vivir de verdad.

Free WordPress Themes
A %d blogueros les gusta esto: