Mi amigo dice, ¿cómo puedes escribir tantos poemas
desde esa ventana? yo escribo desde el útero,
me dice, el ente oscuro del dolor,
el punto preciso del dolor.

bueno, eso es de lo más impresionante
sólo que sé que a ambos nos rechazan a
menudo, fumamos un montón de cigarrillos,
bebemos más de la cuenta e intentamos robarnos las
mujeres uno al otro, lo que no es poesía en absoluto.

y él me lee sus poemas
siempre me lee sus poemas
y escucho y no digo gran cosa,
miro por la ventana,
y ahí está la misma calle
mi calle,
mi calle borracha, llovida, soleada,
llena de críos,
y por la noche observo su calle
a veces,
cuando cree que no miro,
el par de coches que avanzan en silencio,
el mismo viejo, aún vivo, en su
paseo nocturno,
las persianas de las casas echadas,
el amor a fracasado pero
se aferra y
luego ceja.
pero ahora es de día y hay niños
que algún día serán viejos y mujeres
que atraviesan últimos momentos,
esos niños corren en torno a un coche rojo
lanzando buenos gritos llenos de nada,
entonces mi amigo deja su poema.

bueno, ¿qué te parece?, me pregunta.

prueba tal y cual, menciono una revista,
y entonces curiosamente,
pienso en guitarras bajo el mar
intentando hacer música;
es triste y bueno y quedo.
me ve plantado delante de la ventana.
¿qué hay ahí afuera?

mira, le digo,
y verás…

tiene once años menos que yo.
se aparta de la ventana. me hace falta un cerveza
me he quedado sin cerveza.

me voy a la nevera
y el asunto queda zanjado.

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