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recorriendo con sus pies enlodados mi alma
el chico
habla de recitales, virtuosismo, directores de orquesta,
las novelas menos conocidas de Dostoyevsky;
habla sobre cómo corrigió a una mesera,
a un tajador que no sabía que el aderezo francés
se componía de esto y de aquello;
parlotea sobre Arte hasta
hacerme odiar al Arte,
y no hay nada más decente
que regresar al bar o
al hipódromo y observar las carreras,
observar cómo marchan las cosas sin tanto
clamor y cháchara;
hablar, hablar, hablar,
la boca diminuta moviéndose, los ojos parpadeando,
un chico, un niño, enfermo por el Arte,
asiéndose a éste como si se tratara de las faldas de una madre,
y me pregunto cuántas decenas de miles
habrán como él a lo largo del país
en las noches lluviosas
en las mañanas soleadas
en las tardes destinadas a la paz
en las salas de concierto
en los cafés
en los recitales de poesía
hablando, ensuciando, discutiendo.

es como un puerco que se acuesta
con una buena mujer
lo cual te hace
dejar de desear a la mujer.

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